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BLOQUES 1 Y 3

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Título del Test:
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Descripción:
NUTRICION GERIATRICA

Fecha de Creación: 2026/02/24

Categoría: Otros

Número Preguntas: 10

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Mujer de 83 años que acude a consulta derivada por su médica de atención primaria por pérdida de peso no intencionada. Vive sola desde hace años y mantiene independencia para las actividades básicas de la vida diaria, aunque desde una caída leve hace 6 meses ha reducido las salidas al exterior y la compra de alimentos frescos. Su peso habitual hace 6 meses era de 64 kg y actualmente es de 58,5 kg, lo que supone una pérdida ponderal del 8,6 %, con un IMC actual de 22,8 kg/m². Refiere disminución del apetito y menor consumo de alimentos proteicos. En la analítica se observa albúmina de 3,1 g/dl y PCR discretamente elevada. La valoración mediante MNA-SF es de 9 puntos Desde el punto de vista de la valoración nutricional geriátrica, ¿cuál es la interpretación más adecuada?. La paciente presenta riesgo nutricional, pero no puede establecerse un diagnóstico de desnutrición mientras el IMC se mantenga dentro de la normalidad y conserve autonomía funcional básica. La paciente cumple criterios diagnósticos de desnutrición según GLIM, al presentar un criterio fenotípico relevante y al menos un criterio etiológico, siendo necesario intervenir de forma estructurada. La pérdida de peso observada puede atribuirse a cambios fisiológicos propios del envejecimiento y no requiere una intervención nutricional específica, sino únicamente seguimiento. El hallazgo de albúmina baja permite confirmar desnutrición proteica, sin necesidad de integrar otros parámetros clínicos, funcionales o inflamatorios.

Varón de 73 años derivado a consulta de nutrición por debilidad progresiva y dificultad para levantarse de la silla. Vive con su pareja y es independiente para las actividades básicas de la vida diaria. Presenta un IMC de 27,2 kg/m² y ha experimentado una pérdida de peso del 7 % en los últimos 7 meses. En la exploración funcional se observa una circunferencia de pantorrilla de 29 cm, fuerza de prensión manual disminuida, velocidad de la marcha de 0,75 m/s y una puntuación de 7 puntos en el SPPB. En la analítica no se detectan signos de inflamación sistémica, con PCR dentro de la normalidad. ¿Cuál es la interpretación clínica y nutricional más ajustada de este cuadro?. El estado nutricional puede considerarse globalmente adecuado, ya que el IMC se encuentra en rango de sobrepeso y no hay datos analíticos de inflamación. El cuadro es compatible con obesidad sarcopénica, caracterizada por la coexistencia de exceso ponderal con pérdida de masa y función muscular, lo que conlleva un elevado riesgo funcional. Se trata de una caquexia relacionada con el envejecimiento, aunque no existan marcadores inflamatorios elevados. La disminución funcional observada es atribuible exclusivamente al envejecimiento fisiológico y no requiere una intervención nutricional específica.

Mujer de 85 años institucionalizada desde hace un año. Presenta deterioro cognitivo leve y polifarmacia. En los últimos meses ha reducido la ingesta, especialmente de alimentos sólidos, y verbaliza que “la comida no le sabe igual” y que “se cansa de comer”. No refiere síntomas digestivos como diarrea o dolor abdominal. Desde el punto de vista funcional mantiene una puntuación de 90/100 en el índice de Barthel, mientras que en la escala Lawton-Brody obtiene 2/8.. La valoración cognitiva mediante el test de Pfeiffer muestra 4 errores y el rendimiento físico evaluado con SPPB es de 7/12. Además, ha presentado una pérdida de peso del 5 % en los últimos 3 meses. ¿Cuál es la interpretación más ajustada, integrando los datos funcionales, cognitivos y nutricionales?. La pérdida de peso se explica principalmente por pérdida de autonomía en actividades básicas, lo que limita la capacidad de alimentarse. El cuadro es indicativo de malabsorción digestiva asociada al envejecimiento, siendo la institucionalización un factor secundario. El deterioro nutricional es multifactorial, dominado por deterioro cognitivo leve, cambios sensoriales y dependencia instrumental, con influencia del entorno institucional y riesgo de fragilidad. Los valores obtenidos no indican una situación clínicamente relevante desde el punto de vista nutricional y no requieren intervención específica.

Varón de 75 años que acude a consulta acompañado por su hija por pérdida progresiva de peso y disminución de la ingesta. Vive solo desde hace dos años y, aunque refiere encontrarse físicamente bien, reconoce que cada vez sale menos de casa y pasa la mayor parte del día sentado. Su peso habitual hace seis meses era de 70 kg y actualmente es de 65,5 kg, lo que representa una pérdida ponderal del 6,4 %, con un IMC de 23,9 kg/m². En la valoración funcional presenta un Barthel 100/100 y un Lawton-Brody 4/8. La velocidad de la marcha es de 0,85 m/s y la puntuación en el SPPB es de 8/12. Desde el punto de vista social vive solo, sin red social activa y sin participación en actividades comunitarias. Refiere que “no merece la pena cocinar solo”. No presenta patología orgánica activa ni datos de inflamación, y la ingesta proteica estimada es claramente inferior a la recomendada. Desde el punto de vista de la capacidad funcional (OMS 2015) y la nutrición geriátrica, ¿cuál es la interpretación más adecuada de este caso?. El paciente presenta un envejecimiento saludable, ya que mantiene independencia completa para las actividades básicas y no existe patología orgánica que justifique intervención nutriciona. El deterioro nutricional se explica fundamentalmente por cambios metabólicos propios del envejecimiento, por lo que la intervención debe centrarse en ajustar requerimientos energéticos a la baja. El paciente presenta una disminución de la capacidad funcional derivada de la interacción entre capacidad intrínseca conservada y un entorno social desfavorable, con impacto directo sobre la ingesta y el riesgo nutricional. El cuadro es compatible con una dependencia funcional moderada que justifica una institucionalización precoz como medida principal para prevenir mayor deterioro.

Mujer de 79 años con insomnio de mantenimiento (múltiples despertares). Refiere nicturia 3–4 veces por noche y somnolencia diurna. Para “no levantarse tanto”, reduce la ingesta de líquidos desde la tarde y tiende a cenar poco. Habitualmente cena a las 19:00 y no vuelve a ingerir nada hasta las 10:30–11:00, por lo que mantiene un ayuno nocturno prolongado de 15–16 horas. En los últimos 4–5 meses nota: fatiga, menor tolerancia al ejercicio y pérdida de fuerza al levantarse de la silla. IMC estable. No hay diagnóstico previo de enfermedad renal, ni diuréticos nuevos. ¿Cuál de las siguientes explicaciones integra mejor el impacto de nicturia + alteraciones de ADH + ayuno prolongado sobre el estado funcional y nutricional en la persona mayor?. La nicturia no se relaciona con mecanismos hormonales relevantes; el ayuno prolongado nocturno mejora la sensibilidad a la insulina y por sí mismo suele proteger la masa muscular en mayores. En el envejecimiento puede disminuir la secreción nocturna de ADH, lo que favorece nicturia y fragmentación del sueño; esto se asocia a mayor cortisol nocturno y peor recuperación. Si además hay ayuno prolongado con baja ingesta proteica en la cena, aumenta el tiempo en balance nitrogenado negativo nocturno y se facilita pérdida de fuerza y rendimiento funcional. El problema principal es renal: la nicturia indica de forma directa pérdida irreversible de capacidad de concentración urinaria; el ayuno es irrelevante porque el IMC estable descarta deterioro nutricional. La fragmentación del sueño se explica solo por factores conductuales; ADH y ayuno no influyen en la función muscular ni en el riesgo nutricional mientras se mantenga el peso.

Mujer de 81 años que acude a consulta por cansancio persistente, menor tolerancia al ejercicio y pérdida progresiva de fuerza en extremidades inferiores. No presenta enfermedades agudas ni crónicas descompensadas. Vive de forma independiente, pero refiere que “cada vez se mueve menos porque se fatiga antes”. Mantiene un peso estable durante el último año, con un IMC de 24,8 kg/m². Su nivel de actividad física es bajo y sigue una dieta monótona, con ingestas proteicas irregulares y largos periodos entre comidas, sin consumo de suplementos nutricionales. Durante la valoración se considera que parte del deterioro funcional podría estar relacionado con cambios moleculares propios del envejecimiento, vinculados a inflamación de bajo grado, estrés oxidativo y alteraciones en las vías de señalización metabólica. ¿Cuál de las siguientes explicaciones integra mejor los mecanismos moleculares implicados en el envejecimiento y su relación con el estado nutricional y funcional de esta paciente?. El envejecimiento se asocia a una menor activación de AMPK y sirtuinas junto con una activación crónica de NF-?B, lo que favorece inflamación de bajo grado, disfunción mitocondrial y aumento del estrés oxidativo; en este contexto, una baja actividad física y una ingesta desestructurada dificultan el mantenimiento de la función muscular. La disminución funcional es consecuencia directa de una reducción fisiológica de IGF-1, que actúa como regulador principal del envejecimiento muscular, siendo secundarios el estado inflamatorio y la función mitocondrial. La disfunción mitocondrial propia del envejecimiento no guarda relación con la nutrición ni con los patrones de ingesta, ya que está determinada fundamentalmente por factores genéticos. En el envejecimiento se produce una activación sostenida de mTORC1 y de la señalización de IGF-1, lo que favorece la síntesis proteica muscular a largo plazo; la disminución funcional observada se explica principalmente por una reducción inevitable del metabolismo basal.

Varón de 87 años derivado a consulta por pérdida de peso y disminución progresiva de la ingesta en los últimos meses. Vive con su esposa y refiere episodios ocasionales de tos durante la ingesta de líquidos. En los últimos tres meses su peso ha pasado de 64 kg a 60 kg, con un IMC actual de 21,9 kg/m² y albúmina sérica de 3,3 g/dl. Durante la valoración inicial se obtienen los siguientes resultados: MNA-SF de 9 puntos, GNRI de 91 y EAT-10 de 5 puntos. ¿Cuál es la interpretación clínica más adecuada y el siguiente paso dentro del abordaje nutricional geriátrico?. El resultado del MNA-SF permite establecer diagnóstico nutricional, por lo que la prioridad es iniciar suplementación oral sin necesidad de otras pruebas. Los resultados sugieren riesgo nutricional y posible alteración de la deglución, por lo que es necesario continuar con valoración nutricional completa y evaluación clínica de la deglución mediante MECV-V antes de definir la intervención. El GNRI indica que el riesgo nutricional es bajo, por lo que la alteración principal probablemente sea funcional y no requiere estudio adicional. La puntuación del EAT-10 confirma disfagia orofaríngea, siendo innecesaria una valoración nutricional estructurada hasta resolver el problema deglutorio.

Mujer de 70 años derivada a consulta de nutrición geriátrica tras presentar dolor óseo difuso y disminución progresiva de la fuerza muscular en los últimos meses. Vive sola y refiere menor exposición solar desde hace varios años. No presenta pérdida de peso significativa ni patología aguda reciente. En la valoración analítica se observan los siguientes resultados: filtrado glomerular estimado de 48 ml/min/1,73 m², vitamina D (25-OH) de 16 ng/ml, PTH ligeramente elevada, calcio sérico en límite bajo de la normalidad, fosfatasa alcalina discretamente aumentada y función hepática conservada. ¿Cuál es la interpretación más adecuada desde el punto de vista clínico y nutricional?. La alteración principal se explica por insuficiencia hepática subclínica, ya que el hígado es el principal regulador de la activación final de la vitamina D y del metabolismo óseo. Los hallazgos son compatibles con un hiperparatiroidismo primario, siendo la función renal y el estado nutricional factores sin relevancia en este contexto. El cuadro sugiere déficit de vitamina D con hiperparatiroidismo secundario asociado a envejecimiento y disminución de la función renal, lo que puede contribuir a fragilidad ósea y deterioro muscular. La función renal moderadamente reducida no influye en el metabolismo mineral en personas mayores, por lo que la prioridad debe centrarse únicamente en aumentar la ingesta proteica.

Varón de 71 años que acude a revisión geriátrica por disminución progresiva de la fuerza y mayor dificultad para subir escaleras. Refiere peso estable desde hace años y considera que “se mantiene igual”. No presenta enfermedad aguda ni pérdida de apetito. En la exploración se observa menor masa muscular en extremidades, aumento del perímetro abdominal y reducción de la actividad física habitual. Datos relevantes: IMC 27,8 kg/m², velocidad de la marcha 0,72 m/s, fuerza de prensión manual por debajo de valores esperados para su edad y sexo. La ingesta energética global es adecuada, pero con distribución irregular de proteínas a lo largo del día. ¿Cuál de las siguientes interpretaciones describe mejor los cambios en la composición corporal asociados al envejecimiento y su implicación clínica en este paciente?. El mantenimiento del peso corporal y un IMC en rango de sobrepeso indican preservación de la masa magra, por lo que la pérdida de fuerza se explica principalmente por el envejecimiento fisiológico neurológico. El envejecimiento se asocia a disminución de masa grasa total y aumento proporcional del agua corporal, lo que explica la reducción funcional observada incluso en ausencia de pérdida ponderal. La redistribución de la grasa corporal en el envejecimiento carece de relevancia clínica, ya que el principal determinante funcional continúa siendo el peso total y el IMC. El cuadro sugiere cambios típicos de la composición corporal del adulto mayor, con pérdida progresiva de masa muscular y densidad mineral ósea, aumento relativo de grasa visceral y reducción del agua corporal total, pudiendo coexistir sobrepeso con deterioro funcional.

Mujer de 85 años que acude a consulta por cansancio progresivo, menor tolerancia al esfuerzo y sensación ocasional de inestabilidad al caminar. Refiere digestiones lentas y sensación de plenitud precoz desde hace varios años, aunque no presenta pérdida de peso significativa ni síntomas digestivos de alarma. En tratamiento con inhibidores de la bomba de protones desde hace más de cinco años por dispepsia. En la analítica se observa hemoglobina de 11,3 g/dl, volumen corpuscular medio de 102 fL, vitamina B12 en el límite inferior del rango, folato normal, hierro sérico, ferritina y transferrina dentro de la normalidad, así como función hepática y renal conservadas. En un estudio digestivo previo, la pHmetría gástrica muestra un pH medio elevado, sin evidencia de sangrado digestivo, y los niveles de factor intrínseco se encuentran en el límite bajo. ¿Cuál es la interpretación fisiopatológica más adecuada?. La elevación del pH gástrico y el tratamiento prolongado con inhibidores de la bomba de protones pueden favorecer hipoclorhidria, dificultando la liberación de vitamina B12 ligada a proteínas alimentarias y contribuyendo a un déficit funcional con repercusión hematológica y neurológica. La presencia de hierro y ferritina normales excluye un origen digestivo del cuadro, por lo que la macrocitosis debe atribuirse principalmente a cambios hematológicos propios del envejecimiento. La disminución del factor intrínseco sugiere un proceso aislado sin relación con el pH gástrico, ya que la absorción de vitamina B12 no depende de la secreción ácida en personas mayores. El envejecimiento se asocia a hiperclorhidria fisiológica sostenida, lo que hace improbable que la secreción gástrica tenga impacto sobre la absorción de micronutrientes.

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